caderno dun rencoroso enfermo de cinefilia
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A casi todos los periodistas que cubrimos conflictos y guerras nos gusta hacernos los duros, pasar por tipos a los que no se les mueve una ceja aunque acaben de contemplar la matanza más horrorosa, pero es sólo una pose, una impostura. Todos, a lo largo de nuestra vida profesional, nos desmoronamos en alguna ocasión porque aunque sepamos dónde está nuestro umbral de resistencia siempre hay una variable incontrolada que puede hundirte. No se necesitan grandes matanzas, no es necesario estar en el centro de feroces combates; puede ser, por ejemplo, la mirada inerte de un crío la que te haga sentir el tipo más miserable del mundo.

Yo me he sentido así en numerosas ocasiones. Cada vez que he tenido un par de segundos para pensar que cuando todo acabe, que cuando la guerra que estoy cubriendo finalice o mis jefes decidan que su interés mediático ha bajado, yo volveré a mi casa, a la comodidad de la ducha, la cama, la calefacción o simplemente al cariño de los míos. Entonces me siento miserable. Porque pienso que aquellas miradas tristes de niños se quedarán atrás. Serán punzantes recuerdos que me asaltarán de vez en cuando, que me preguntarán en la oscuridad de la noche: “¿Crees que aquel crío hutu que te ayudó a llevar las maletas en el hotel Mille Collines de Kigali seguirá vivo?”. Y yo me encogeré de hombros, y me contestaré que seguramente no, pero, ¿qué puedo hacer?

No, los reporteros de guerra no vamos a los conflictos para dar soluciones, sino para explicar lo que pasa. Los reporteros de guerra no somos trabajadores de organizaciones humanitarias. No nos metemos en los lugares más peligrosos del planeta para ayudar, sino para reflejar lo más perverso del ser humano que siempre aflora en esas ocasiones. Nuestra misión es evitar la impunidad de los carniceros de almas. De todos esos tipos despreciables a los que una pistola o un kalashnikov transforma en máquinas de matar. Los ciudadanos eligen cómo ser informados y por quién. Nosotros, entonces, vamos allí para mostrarles la perra realidad de la guerra. Y esa perra realidad es muy sencilla: en las guerras se mata y se muere. Y que nadie venga a decirnos que en la guerra también hay límites y hay reglas. En la guerra, o se mata o se muere, y nosotros lo enseñamos.

* * * * *

La suerte es muy importante, pero para tenerla, para que esa señora caprichosa te mire, hay que llamar su atención. Hay que arrimarse a las historias. Merodear por sus alrededores. Mirando, preguntando, dejándote ver. Sólo así se consigue llegar a la cúpula de los terroristas protestantes del Ulster, o al líder espiritual de las FARC colombianas. Sólo arrimándose se llega a prisioneros talibanes o guerrilleros mai-mai zaireños.

Esta profesión se ha deformado tanto que cualquiera de estos ejemplos es considerado un excelente trabajo periodístico, pero si se entrevista a algunos de los líderes terroristas que ordenan a sus comandos colocar coches bomba en Madrid pasamos a ser cómplices o portavoces de la violencia. Y todo porque esa violencia nos toca de cerca. Porque es nuestra violencia. Y porque no nos interesan las razones de los que la usan o la justifican. Estamos “envueltos en el conflicto”. Una entrevista a uno de esos tipos con pasamontañas y chapela ya no es considerada tan buen periodismo, por eso las entrevistas a ETA las tienen que hacer enviados especiales de televisiones belgas, británicas o portuguesas.

Ninguna guerra se parece otra, de Jon Sistiaga

2005-04-10, 21:26 | 7 comentarios

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Comentarios

1
De: Martin Pawley Fecha: 2005-04-10 21:47

Sirva o texto de Jon Sistiaga para lembrar o segundo cabodano do asasinato do seu companheiro José Couso. A súa morte e maila de Julio A. Parrado foron o tema que inspirou un dos primeiros posts aparecidos neste blog e que segue sendo, na minha modesta opinión, un dos melhores que escribín: Morrer para contalo.



2
De: Indi Fecha: 2005-04-10 21:57

Couso e Parrado e ti e nós, so podemos interesar a xente coma ti, nós, Parrado e Couso. Ser somos. Pensar que somos un ser xa non se conforma cos usos e costumes do lugar.
A morte é desgarradora sempre e pensamos que traizoeira. Agora que ben contada pode dar para un Jorge Manrique: belísimo.



3
De: Martin Pawley Fecha: 2005-04-10 22:50

Visto na web antes citada (josecouso.info), este artigo de David Gistau para "El Mundo" que define moi ben ao seu autor:

El factor humano. Por David Gistau
El Mundo 10/03/05

Jamás he estado en Bagdad ni en ninguna otra zona de combate, como no sea con un joystick en la mano.

Pero, por los relatos de quienes sí han estado, puedo suponer que el soldado no es una maquinaria bien calibrada que actúa de forma calculada e infalible, sino un chaval rebosante de miedos que siempre preferirá matar a morir.

Y que por ello, en ocasiones, incurrirá en los errores terribles que Graham Greene atribuía al «factor humano» y que cualquiera que decida entrar en una zona de combate debe aceptar como gajes del oficio potenciales.

A ese «factor humano», a esa confusión sucia de matar por no morir que es el único ambiente posible donde gobierna la guerra, hay que vincular el tiroteo sufrido después de su liberación por la periodista Giuliana Sgrena.

Pretender que había un plan, que fue atacada de modo premeditado por su credo político, es tan audaz e interesado como decir que a kilómetro y medio de distancia, en lo más crudo del combate y de los miedos, un tanquista fue capaz de identificar por sus rasgos a un camarógrafo español y tomar la decisión de asesinarle a sangre fría.

Podemos acordar que quien ha padecido eso tiene el derecho terapéutico a decir lo que quiera sin que los demás, los que a esa misma hora estábamos en el bar de la esquina pidiendo unas gambas al ajillo, debamos contrariar su discurso por respeto al sufrimiento.

O podemos arriesgarnos a contrariar los dogmas de la tribu periodística planteando la hipótesis de que, en Irak, las muertes merecen o no la indignación de la inteligencia occidental en función de prejuicios políticos.

La propia Sgrena, a quien su drama le vale para confirmar el prejuicio personal de la maldad natural americana, ha dicho en entrevista reciente que en cambio tolera las violencias indiscriminadas de la resistencia porque no son sino «excesos propios de un tiempo de guerra».

Nimiedades, vaya.Entre esos «excesos», tolerables porque no los perpetran americanos, hay que incluir la decapitación de un colega suyo, también italiano, el ya casi olvidado Enzo Baldoni, que apenas atizó la indignación del oficio a pesar del corporativismo y para quien no queda nadie exigiendo justicia.

Y entre esos «excesos», también, hay que considerar las masacres cotidianas de civiles, de gente corriente que intenta construirse un porvenir, cometidas por asesinos en serie a los que la perspectiva politizada de la inteligencia occidental impide incluso llamarles terroristas sólo para no arruinar el prejuicio maniqueo del antiamericanismo.

Resulta fácil decir lo siguiente desde el bar de la esquina, cuando a uno no le han matado a nadie. Pero esta misma interpretación tendenciosa se da en cómo recuerda el oficio a los dos periodistas españoles muertos durante la Guerra de Irak.

Sólo en el caso del que fue abatido por tropas iraquíes se dio por buena la explicación del «gaje del oficio», del «factor humano».

Y fue así porque no se le podía sacar beneficio político.

E agora lean a magnífica resposta que Javier Couso, irmán do finado José, enviou ás "Cartas ao director" dese xornal e que, curiosamente, non chegou a ser publicada:

El señor David Gitsau en su columna del día 10 de marzo de 2005, después de confesarnos que nunca ha estado en más zona de combate que sus jueguecitos bélicos cibernéticos, se permite el lujo de teorizar acerca de cosas que desconoce de manera absoluta e imparte cátedra sobre el asesinato de mi hermano.

Yo que si que he estado en zona de combate, y conozco, a través mi padre (Oficial Superior de la Armada) y de otros familiares cercanos, también Oficiales Superiores del Ejército de Tierra, los usos y métodos de las unidades militares en combate, y además, he tenido que documentarme a fondo sobre los hechos sucedidos -cosa que Ud. no ha hecho-, me permito hacerle las siguientes consideraciones:

1ª.- Quien mandaba el carro de combate que disparó sobre al Hotel Palestina era un sargento profesional con muchos años de experiencia y no un “chaval rebosante de miedos.”. Era un soldado curtido, que cumplió una orden superior.

2ª- Que el visor de un carro de combate M-1 Abrahams es capaz de señalar, con claridad, objetivos a 4 Km. de distancia.

3ª- Que el disparo se produjo en ausencia de combates; por lo menos en los 35 minutos anteriores a éste y después de 10 minutos de permanecer apuntando al Hotel.

4ª- Que, según los protocolos del Manual de Combate Urbano del Ejército de los EE.UU., antes de disparar sobre un edificio civil, se debe informar a las Secciones G-2 y G-3 (Información y Operaciones) del Estado Mayor y lo debe autorizar el propio general jefe de la División. Ambas secciones tenían perfecto conocimiento de que el Hotel albergada a tres centenares de periodistas internacionales. Es decir, según la Convención de Ginebra, era un edificio de carácter CIVIL. Se trata, pues de una clara vulneración del Derecho Internacional de la Guerra.

Si después de estas matizaciones quiere usted seguir jugando a las columnas de gracia simplona y desea seguir contribuyendo a la fácil coartada de la "politización", hágalo, pero no ponga en duda mí legitimidad o la de mi familia para intentar el esclarecimiento de lo que de verdad pasó aquel fatídico 8 de abril.

Mientras tanto, usted, David, siga jugando a la guerra cibernética.

Javier Couso Permuy, hermano del periodista asesinado José Couso.



4
De: Vendell Fecha: 2005-04-10 23:19

¿Será Gistau como Calaza?



5
De: Martin Pawley Fecha: 2005-04-10 23:50

Pois.. xulgue vostede mesmo. Un artigo recente, el El Mundo:

El buen salvaje, por David Gistau (El Mundo, 17/03/05)

Se llama Benesmail Abdelkrim. Está preso en Villabona por terrorismo. Hasta su encierro, era el lugarteniente de Lamari, uno de los suicidas de Leganés, uno de los iluminados que creían empuñar la espada flamígera de Dios cuando nos reventaron a nuestra gente corriente en Atocha.

Esta masacre en la que no pudo participar por su condena, Abdelkrim la festejó en el chabolo junto a presos de ETA que, según conversaciones grabadas, no podían sino admirarle por su defensa de la matanza indiscriminada como método infalible para aflojar la resolución de España y obtener su rendición incondicional. O sea, el 11-M.

Este Benesmail Abdelkrim, que comparte espacio genealógico con Bin Laden y con Zarqaui, encarna el retrato robot de los asesinos en serie que, con coartadas religiosas, se han conjurado para acabar con la forma de vida occidental.

O sea, que pertenece a esa estirpe de decapitadores y dinamiteros a los que sólo la patología antiamericana puede todavía conceder justificaciones morales incluso cuando vuelan trenes de cercanías en Madrid o colas de civiles en Bagdad o edificios de oficinistas en Manhattan.

De esta patología ha de ser víctima el miembro del PSOE y presidente de la Asociación Nacional de Amigos del Pueblo Palestino, Fernando Huarte, quien ha visitado en prisión -y asistido en necesidades tan terrenales como procurarle un dentista- a Abdelkrim en fechas incluso posteriores al 11-M.

Es decir, que también después del 11-M, cuando estos cabrones nos habían descuartizado a 200 de los nuestros, Huarte miraba a Abdelkrim y sólo veía un delfín humano varado en la playa al que salvar, un «buen salvaje» rousseauniano cuya inocencia habría sido corrompida por la perfidia occidental, que le habría obligado a matar en defensa propia.

Como ocurría entonces con los etarras, es de suponer que su propio fatalismo expiatorio consolidara su amistad epistolar y quién sabe si su complicidad con los colegas integristas.

Huarte, cuya piedad por Abdelkrim es a título personal, representa esa obsesión tan característica de la progresía por salvar a toda costa el alma de los asesinos en serie islámicos -y aun de elevarlos a categoría de nuevos ches resistentes- sólo por conservar un pretexto para seguir librando la Cruzada antiamericana después del Muro.

Incluso después de masacrarnos a nuestra propia gente en el corazón de Madrid, el enemigo chungo, dice el intelectual, sigue siendo Bush, y todo el que le combata merece que le busquemos un dentista y que le inventemos una justificación moral, así sea declarando a Aznar culpable de sus crímenes.

Pero ocurre que, antes del 11-M, las inclinaciones filoterroristas de Huarte tan sólo habrían constituido pecado de mal gusto intelectual. Defenderlas todavía después del 11-M ya es pura pornografía.Y permanece en el PSOE.



6
De: Martin Pawley Fecha: 2005-04-10 23:56

...e din por aí que esa criatura é a grande aposta de PedroJota para reemprazar a columna de Francisco Umbral da última páxina: velaí un bon exemplo do que é o decaimento exponencial.



7
De: Martin Pawley Fecha: 2005-04-11 00:15

Aínda que non ten moito que ver co texto e os comentarios precendentes (¿ou si?), recoméndolhes que lean a interesante entrevista a wim Wenders en "El cultural" por mor da estrea do seu último filme, Land of plenty, que aínda non chegou ás carteleiras galegas:

–Efectivamente, hace especial hincapié en el concepto de pobreza: “Los Angeles es la ciudad más hambrienta de América...”
–Es muy trágico que este país increíblemente saludable, que se gasta más en presupuesto militar que el resto de los países juntos, tenga tantos focos de pobreza. Todo ese poder de cara al exterior, y tanto vacío dentro. El sistema sanitario, el sistema educativo, la seguridad social... todo está completamente podrido. Si hay otra guerra, todo estallará dentro del país... esa es la impresión que te llevas cuando viajas a lo largo y ancho de Estados Unidos, como de hecho hicimos nosotros para filmar los cinco últimos minutos de la película.
–En el filme establece una comparación entre el fundamentalismo islámico y el cristianismo exacerbado. ¿Son realmente comparables?
–Los mensajes más básicos del cristianismo son el amor y la compasión. Las actitudes cristianas que actualmente gobiernan América son lo opuesto: venganza y ambición. Los fundamentalistas, en todas las religiones, pervierten sus creencias y al cabo acaban ridiculizándolas. No es fácil para mí, como cristiano, definirme como tal en un país con predicadores multimillonarios en la televisión y un presidente convencido de que Dios le ha elegido a él para el trabajo.



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